Introducción: La entrevista perfecta y otros animales mitológicos

Termina la jornada. Cierras la carpeta, apagas el ordenador y te recuestas en la silla con esa agradable sensación de haber hecho bien los deberes.

Lo tienes claro: has encontrado al candidato ideal.

Habla con soltura, domina la parte técnica, responde sin titubear y, para rematar, parece que lleva toda la vida trabajando contigo. La conversación fluye, hay química y todo encaja como las piezas de un puzle recién estrenado.

Perfecto.

Demasiado perfecto, quizá.

Porque lo que acabas de presenciar no es la realidad desnuda, con sus arrugas, sus contradicciones y sus lunes por la mañana. Es una representación. Una obra de teatro preparada con esmero en la que el candidato aparece bajo su mejor iluminación, con el vestuario planchado y todos los filtros colocados.

No significa necesariamente que esté mintiendo. Significa que está intentando conseguir un empleo. Y, como es lógico, nadie llega a una entrevista agitando sus defectos como si fueran una bandera.

Por eso conviene recordar algo bastante sencillo:

la entrevista no es el lugar donde obtenemos certezas; es el lugar donde construimos hipótesis.

Las certezas llegan después, cuando abandonamos el terreno cómodo de la conversación y empezamos a contrastar lo dicho con pruebas, resultados y evidencias. Ahí es donde descubrimos si detrás del escaparate hay una tienda bien surtida o solamente un decorado de cartón piedra.

Confiar toda una contratación a la intuición que nos deja una charla de una hora no es selección de personal. Es jugar a la lotería con el equipo, la productividad y, en algunos casos, el departamento jurídico.

Y ya sabemos cómo funciona la lotería: todos imaginamos el premio, pero casi nadie piensa en el billete que acaba en la papelera.

1. La entrevista no es el final: es cuando empieza el trabajo de detective

Fiarlo todo a lo que una persona cuenta sobre sí misma es uno de los riesgos más fáciles de evitar en un proceso de selección.

Sin embargo, ¡seguimos haciéndolo!

Escuchamos una historia convincente, vemos seguridad, sentimos simpatía y nuestro cerebro empieza a completar los huecos. Donde faltan datos, ponemos impresiones. Donde faltan pruebas, colocamos esperanza. Y, cuando queremos darnos cuenta, ya no estamos evaluando al candidato: estamos defendiendo la película que hemos construido sobre él.

Una mala contratación no es solamente una factura incómoda por formación, adaptación o despido. Puede convertirse en una piedra dentro del zapato del equipo: primero molesta un poco, después cambia la manera de caminar y, finalmente, acaba provocando problemas en todas partes.

Baja la moral, aparecen conflictos, aumenta la carga de trabajo de los demás y la productividad comienza a perder aire como un globo pinchado.

¿Cómo evitamos esto?

Contrastando la información por diferentes vías.

No basta con preguntar qué haría el candidato ante una situación hipotética. Casi todos sabemos responder correctamente cuando el incendio es imaginario. Lo interesante es averiguar qué hizo cuando el humo era real, el cliente estaba enfadado y el plazo terminaba al día siguiente.

La entrevista es una simulación. La persona candidata muestra su versión más presentable, suaviza los tropiezos y pone un foco enorme sobre sus logros. Es normal.

Por eso, cuando se despide, recoge su abrigo y cierra la puerta, no ha terminado el proceso.

En realidad, acaba de comenzar la parte importante: comprobar cuánto hay de experiencia real detrás de una buena conversación.

2. La vida laboral: ni barra libre ni documento prohibido

Durante años, pedir el Informe de Vida Laboral ha sido el atajo favorito de muchos departamentos de Recursos Humanos.

¿Quieres verificar la experiencia? Pide la vida laboral.

¿Tienes dudas sobre una fecha? Pide la vida laboral.

¿No sabes muy bien qué comprobar? Bueno, pide también la vida laboral, por si acaso.

El problema de los atajos es que, a veces, terminan atravesando el jardín del vecino.

La vida laboral no es un documento neutro. Puede mostrar empresas, periodos de desempleo y una trayectoria completa que va mucho más allá de la información necesaria para cubrir un puesto. Por tanto, no debería solicitarse como quien pide una fotocopia del DNI para añadirla a una montaña de papeles.

Ahora bien, tampoco es correcto afirmar que esté prohibido pedirla en cualquier circunstancia.

La Agencia Española de Protección de Datos señala que la empresa no puede obtenerla directamente de la Seguridad Social, pero podría justificar un interés legítimo para solicitar información destinada a comprobar una experiencia concreta. Eso sí: debe aplicar los principios de minimización y proporcionalidad. Es decir, pedir solamente lo necesario y recurrir a métodos menos invasivos cuando resulten suficientes.

Traducido al idioma de la calle: no necesitas entrar en toda la casa para comprobar si alguien sabe cocinar.

Hay tres líneas rojas que conviene no perder de vista:

La sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Castilla y León 1540/2024 ofrece un ejemplo bastante ilustrativo. La empresa solicitó la vida laboral para comprobar información dentro de un proceso de selección interno, pero terminó utilizándola con fines disciplinarios. El tribunal consideró ilícito ese cambio de finalidad, declaró improcedente el despido y reconoció 3.000 euros por daño moral asociado a la vulneración del derecho a la protección de datos.

RiesgoQué significa en la práctica
Finalidad incompatibleNo puedes solicitar un documento para una finalidad concreta y utilizarlo después para otra distinta, como abrir una investigación disciplinaria.
Exceso de informaciónNo debes recopilar toda la trayectoria profesional cuando solamente necesitas verificar una experiencia determinada.
Falta de proporcionalidadSi la experiencia puede demostrarse mediante certificados, referencias o documentación menos invasiva, pedir el informe completo puede resultar injustificado.

El mensaje no podría ser más claro: un dato no se convierte en propiedad de la empresa simplemente porque el trabajador lo haya entregado.

Entonces, ¿cómo verificamos sin jugar a los espías?

Fue recogido para algo. Y ese «algo» importa.

Para comprobar un título universitario oficial, la persona candidata puede descargar un certificado o autorizar a un tercero para consultar su titulación en el Registro Nacional de Titulados Universitarios Oficiales. El documento puede verificarse mediante su Código Seguro de Verificación.

Cuando hablamos de competencias adquiridas mediante la experiencia laboral, existen procedimientos oficiales de evaluación y acreditación. Estos permiten reconocer lo que una persona sabe hacer aunque no haya aprendido sentada en un aula o no disponga todavía de un título completo.

La idea es bastante sencilla: verificar no consiste en husmear, sino en utilizar la herramienta adecuada para cada información.

3. Las referencias y la pregunta que obliga a mojarse

Comprobar referencias no debería ser un trámite administrativo colocado al final del proceso para rellenar una casilla.

Bien utilizado, es uno de los momentos con mayor valor predictivo.

Pero antes de levantar el teléfono hay que hacer algo que parece obvio y, sin embargo, a veces se olvida: informar a la persona candidata y obtener su autorización. La comunicación de datos desde un antiguo empleador hacia uno futuro requiere el consentimiento de la persona trabajadora.

Con ese permiso en la mano, empieza el verdadero trabajo.

Las preguntas cerradas sirven para comprobar datos básicos:

—¿Trabajó allí?
—Sí.
—¿Durante esas fechas?
—Sí.

Perfecto. Hemos confirmado que el calendario funciona.

Pero todavía no sabemos casi nada sobre el desempeño de esa persona.

Para obtener información útil hay que hacer preguntas que obliguen al antiguo responsable a abandonar el refugio de las respuestas educadas:

—¿Qué hacía especialmente bien?
—¿En qué situaciones necesitaba más apoyo?
—¿Cómo reaccionaba cuando recibía una crítica?
—¿Qué tipo de entorno le ayudaba a rendir mejor?
—¿Qué consejo daría a su próximo responsable?

Y, mientras escuchas, presta atención a algo más que las palabras.

El tono también habla.

Los silencios hablan.

Esa pausa de tres segundos antes de decir «bueno, en general todo fue bien» puede contener más información que cinco minutos de elogios envasados al vacío.

No se trata de interpretar cada suspiro como si fueras un especialista en interrogatorios. Se trata de registrar dudas, contradicciones y matices para contrastarlos después con el resto de las evidencias.

Y al final de la llamada llega la pregunta que obliga a dejar de bailar alrededor del asunto:

«Si tuviera hoy el presupuesto y una vacante disponible, ¿volvería a contratar a esta persona para su equipo?»

Aquí ya no estamos preguntando si era simpática, puntual o agradable en las comidas de empresa.

Estamos preguntando si alguien volvería a poner tiempo, dinero y responsabilidad en sus manos.

Un «sí» rápido, claro y acompañado de ejemplos es una señal potente.

Una respuesta que comienza con «depende», «tendría que pensarlo» o «bueno, para ciertos puestos…» no es una condena automática. Pero sí es una luz roja parpadeando en el salpicadero.

Y las luces del salpicadero no están para decorar.

4. El mito de que internet es tierra de nadie

Hay una idea que circula por algunos procesos de selección con la misma tranquilidad que una leyenda urbana:

«Si está publicado en internet, puedo utilizarlo».

No.

Que una ventana esté abierta no significa que tengas permiso para entrar en la casa.

El hecho de que un perfil sea público no concede a la empresa barra libre para investigar la vida personal de una persona candidata. La información obtenida debe guardar relación con fines profesionales, ser necesaria para valorar el puesto y contar con una base jurídica válida. Además, la persona tiene derecho a ser informada sobre ese tratamiento.

Revisar LinkedIn para comprobar una trayectoria profesional puede tener sentido.

Consultar GitHub para observar proyectos públicos de una persona que opta a un puesto de desarrollo también puede resultar pertinente.

Entrar en Facebook para estudiar sus vacaciones, revisar Instagram para juzgar sus amistades o vigilar cuándo se conecta a WhatsApp pertenece a otro planeta.

Y es un planeta lleno de cráteres jurídicos.

Además, rastrear información personal abre la puerta a conocer datos sobre ideología, salud, religión, orientación sexual, situación familiar o afiliación sindical. A partir de ese momento, incluso una decisión aparentemente neutral puede quedar contaminada por información que nunca debió entrar en el proceso.

La pregunta útil no es:

«¿Puedo encontrar esta información?»

La pregunta útil es:

«¿Necesito realmente esta información para saber si la persona puede desempeñar el puesto?»

Si la respuesta es dudosa, probablemente ya tienes la respuesta.

5. Del «encaje cultural» al «aporte cultural»

Durante mucho tiempo hemos repetido que una persona debe «encajar en la cultura de la empresa».

La expresión suena bien. Casi acogedora.

El problema aparece cuando «encajar» significa pensar como nosotros, hablar como nosotros, tener experiencias parecidas y no incomodar demasiado.

Entonces no estamos construyendo un equipo.

Estamos haciendo fotocopias.

Y un equipo lleno de fotocopias puede funcionar estupendamente mientras el mundo no cambie, los clientes no planteen problemas nuevos y nadie necesite cuestionar una idea. En cuanto aparece algo distinto, todos miran en la misma dirección y nadie ve el agujero que tienen detrás.

Por eso resulta más interesante hablar de aporte cultural.

La pregunta deja de ser:

«¿Se parece a nosotros?»

Y pasa a ser:

«¿Qué puede traer esta persona que todavía no tenemos?»

Quizá aporta una forma distinta de resolver conflictos.

Quizá conoce otro mercado.

Quizá posee una capacidad especial para ordenar el caos, detectar riesgos o explicar asuntos complejos sin convertirlos en una sopa de tecnicismos.

Quizá ha sobrevivido profesionalmente a situaciones que el resto del equipo solamente conoce por las diapositivas de un curso.

Eso es aportar.

Pero para evaluarlo necesitamos algo más fiable que una corazonada: una tabla de puntuación previamente definida, con criterios claros, conductas observables y pesos establecidos antes de conocer a los candidatos.

No después.

Porque diseñar los criterios cuando ya tenemos un favorito es como dibujar la diana alrededor de la flecha y presumir de puntería.

El protocolo de decisión final

1. Puntuación individual y sin contaminación

Cada evaluador registra sus puntuaciones antes de conocer la opinión de los demás.

Nada de comenzar la reunión escuchando al director decir:

—A mí me ha encantado.

Porque, a partir de ese momento, algunas notas empiezan a moverse misteriosamente hacia arriba. No por corrupción ni por mala fe, sino porque somos humanos y la opinión de quien tiene más autoridad pesa como una mochila llena de ladrillos.

2. Calibración de las diferencias importantes

No hace falta debatir durante media hora cuando todos han puntuado una competencia de manera parecida.

La conversación debe centrarse en las discrepancias relevantes.

Si una persona evaluadora pone un 2 y otra coloca un 5, no discutimos sobre quién tiene mejor intuición. Buscamos las conductas que justifican cada nota:

—¿Qué dijo?
—¿Qué hizo durante la prueba?
—¿Qué ejemplo aportó?
—¿Qué criterio se aplicó?

Los hechos encima de la mesa. Las simpatías, debajo.

3. Decisión basada en reglas conocidas

Los criterios deben tener pesos definidos y algunas pruebas pueden establecer mínimos obligatorios.

Si el puesto exige una competencia técnica imprescindible y la persona no alcanza el nivel mínimo, no debería avanzar solamente porque fue encantadora durante la entrevista.

El carisma es una cualidad estupenda.

Pero no repara una instalación eléctrica, no cierra una contabilidad y no configura un servidor.

La decisión final debe surgir de la combinación de evidencias, no de una votación sobre con quién nos apetecería tomar un café.

Conclusión: seleccionar con rigor también es una forma de respeto

Construir un proceso de selección basado en evidencias no consiste solamente en colocar un escudo jurídico alrededor de la empresa.

Es también una cuestión de justicia.

Cuando evaluamos mediante pruebas relevantes, criterios transparentes y datos contrastados, reducimos el espacio que ocupan nuestros prejuicios. Dejamos de contratar a quien mejor se parece a nuestra idea de candidato y empezamos a elegir a quien demuestra que puede realizar el trabajo y aportar algo valioso.

El mensaje que recibe esa persona desde el primer día es muy diferente:

«No estás aquí porque caíste bien, dijiste las palabras correctas o te parecías a nosotros. Estás aquí porque lo demostraste.»

Eso fortalece la confianza del candidato, protege al equipo y mejora la calidad de las decisiones.

Porque una entrevista agradable puede ser un buen comienzo.

Pero solamente eso: un comienzo.

Al terminar el proceso, queda una pregunta bastante incómoda, aunque necesaria:

¿Tus contrataciones descansan sobre la roca de las evidencias o continúan flotando en el aire de una conversación encantadora?

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